29 septiembre 2019

Alma mater



No soy capaz de recordar fechas concretas pero sé que yo era más adolescente que niña cuando veía con mi madre a Carmen Sarmiento en la única televisión que había entonces (TVE).
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Vivía en Roiz, un pueblo de Cantabria donde el mundo era muy pequeño. A penas unos pocos niños y niñas corríamos por las calles sin más preocupación que aprovechar el último minuto hasta escuchar a nuestras madres llamándonos para cenar e ir a la cama.
Éramos felices y despreocupados, como creo que debería ser la infancia de todos los niños/as del mundo. Sentirse querido y cuidado, qué más se puede pedir… qué menos se puede dar.
Sin embargo, poco después y sin apenas haber abandonado la infancia, una ventana se abrió ante mis ojos y me mostró un mundo enorme, diverso y sufriente en muchos casos… demasiados.
El trabajo de Carmen Sarmiento como corresponsal de guerra, pero sobre todo con sus reportajes sobre las mujeres y los excluidos, tienen mucho que ver con la persona que he sido y que soy a día de hoy.
Siempre he creído que ella fue una de las personas que más me inspiró para ser periodista, pero ahora, después de diez años dedicada la Cooperación Internacional, me hago consciente de que Carmen Sarmiento despertó en mi el interés, que hoy continúa, por mirar a los que tienen una vida más difícil, a los que menos recursos tienen, a los más desprotegidos y excluidos de este mundo.
Desde una mirada humana, sin matices religiosos pero sin apartar el foco de los hombres y mujeres que realmente dedican su vida a los demás, consiguió tocar en mi niña/joven la tecla de la solidaridad y la cooperación que ya nunca ha dejado de sonar.
Nunca pude imaginar que a tan solo 10 kilómetros de Roiz y 40 años después de aquel descubrimiento, yo iba a poder disfrutar de su compañía, su conversación y poder agradecerle en persona lo que su trabajo ha supuesto en mi vida.


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