07 marzo 2013

Mujeres que aprendieron a cuidarse




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(Participando en Esta Noche Te Cuento de blogspot)

Al niño le gustaba tocar la arrugada piel de las manos de su abuela. Ambos estaban frente al mar y sus caras recibían la suave brisa del Cantábrico.
Era en ese momento, tras el paseo sereno que culminaba con sus cuerpos posados sobre una de las dunas, cuando Esther le contaba a su nieto una de las muchas historia que la memoria guardaba como capítulos de su atesorada vida.
Les gustaba a los dos mirar el horizonte mientras la voz de la experiencia penetraba en el oído infantil, buscando un hueco confortable para quedarse.
La narración siempre tenía como banda sonora las olas llegando a tierra, descansando unos segundos para inmediatamente volver a comenzar la huída mar adentro.
Aquel día, y después de que Esther terminase su cuento, el pequeño Darío dijo: “Qué afortunada has sido abuela. Yo también quiero tener una vida así”.
Y sin perder la mirada serena, la abuela bajó los ojos para ver como el dedo de su nieto dibujaba inocentemente los trazos que un día alguien le había tatuado en la cara interna de su brazo izquierdo: 2084.
No hubo respuesta. Ambos respiraron profundamente y emprendieron el camino de vuelta a casa. 
Comenzaba a anochecer.




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